6:34 | Autor Iglesia Hogar

S I D

Servicio Informativo Diocesano

262

7-Jul-2009

CARTA ENCÍCLICA
CARITAS IN VERITATE
DEL SUMO PONTÍFICE
BENEDICTO XVI
A LOS OBISPOS
A LOS PRESBÍTEROS Y DIÁCONOS
A LAS PERSONAS CONSAGRADAS
A TODOS LOS FIELES LAICOS
Y A TODOS LOS HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD
SOBRE EL DESARROLLO
HUMANO INTEGRAL
EN LA CARIDAD Y EN LA VERDAD

INTRODUCCIÓN

1. La caridad en la verdad, de la que Jesucristo se ha hecho testigo con su vida terrenal y, sobre todo, con su muerte y resurrección, es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad. El amor —«caritas»— es una fuerza extraordinaria, que mueve a las personas a comprometerse con valentía y generosidad en el campo de la justicia y de la paz. Es una fuerza que tiene su origen en Dios, Amor eterno y Verdad absoluta. Cada uno encuentra su propio bien asumiendo el proyecto que Dios tiene sobre él, para realizarlo plenamente: en efecto, encuentra en dicho proyecto su verdad y, aceptando esta verdad, se hace libre (cf. Jn 8,22). Por tanto, defender la verdad, proponerla con humildad y convicción y testimoniarla en la vida son formas exigentes e insustituibles de caridad. Ésta «goza con la verdad» (1 Co 13,6). Todos los hombres perciben el impulso interior de amar de manera auténtica; amor y verdad nunca los abandonan completamente, porque son la vocación que Dios ha puesto en el corazón y en la mente de cada ser humano. Jesucristo purifica y libera de nuestras limitaciones humanas la búsqueda del amor y la verdad, y nos desvela plenamente la iniciativa de amor y el proyecto de vida verdadera que Dios ha preparado para nosotros. En Cristo, la caridad en la verdad se convierte en el Rostro de su Persona, en una vocación a amar a nuestros hermanos en la verdad de su proyecto. En efecto, Él mismo es la Verdad (cf. Jn 14,6).

2. La caridad es la vía maestra de la doctrina social de la Iglesia. Todas las responsabilidades y compromisos trazados por esta doctrina provienen de la caridad que, según la enseñanza de Jesús, es la síntesis de toda la Ley (cf. Mt 22,36-40). Ella da verdadera sustancia a la relación personal con Dios y con el prójimo; no es sólo el principio de las micro-relaciones, como en las amistades, la familia, el pequeño grupo, sino también de las macro-relaciones, como las relaciones sociales, económicas y políticas. Para la Iglesia —aleccionada por el Evangelio—, la caridad es todo porque, como enseña San Juan (cf. 1 Jn 4,8.16) y como he recordado en mi primera Carta encíclica «Dios es caridad» (Deus caritas est): todo proviene de la caridad de Dios, todo adquiere forma por ella, y a ella tiende todo. La caridad es el don más grande que Dios ha dado a los hombres, es su promesa y nuestra esperanza.

Soy consciente de las desviaciones y la pérdida de sentido que ha sufrido y sufre la caridad, con el consiguiente riesgo de ser mal entendida, o excluida de la ética vivida y, en cualquier caso, de impedir su correcta valoración. En el ámbito social, jurídico, cultural, político y económico, es decir, en los contextos más expuestos a dicho peligro, se afirma fácilmente su irrelevancia para interpretar y orientar las responsabilidades morales. De aquí la necesidad de unir no sólo la caridad con la verdad, en el sentido señalado por San Pablo de la «veritas in caritate» (Ef 4,15), sino también en el sentido, inverso y complementario, de «caritas in veritate». Se ha de buscar, encontrar y expresar la verdad en la «economía» de la caridad, pero, a su vez, se ha de entender, valorar y practicar la caridad a la luz de la verdad. De este modo, no sólo prestaremos un servicio a la caridad, iluminada por la verdad, sino que contribuiremos a dar fuerza a la verdad, mostrando su capacidad de autentificar y persuadir en la concreción de la vida social. Y esto no es algo de poca importancia hoy, en un contexto social y cultural, que con frecuencia relativiza la verdad, bien desentendiéndose de ella, bien rechazándola.

3. Por esta estrecha relación con la verdad, se puede reconocer a la caridad como expresión auténtica de humanidad y como elemento de importancia fundamental en las relaciones humanas, también las de carácter público. Sólo en la verdad resplandece la caridad y puede ser vivida auténticamente. La verdad es luz que da sentido y valor a la caridad. Esta luz es simultáneamente la de la razón y la de la fe, por medio de la cual la inteligencia llega a la verdad natural y sobrenatural de la caridad, percibiendo su significado de entrega, acogida y comunión. Sin verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo. El amor se convierte en un envoltorio vacío que se rellena arbitrariamente. Éste es el riesgo fatal del amor en una cultura sin verdad. Es presa fácil de las emociones y las opiniones contingentes de los sujetos, una palabra de la que se abusa y que se distorsiona, terminando por significar lo contrario. La verdad libera a la caridad de la estrechez de una emotividad que la priva de contenidos relacionales y sociales, así como de un fideísmo que mutila su horizonte humano y universal. En la verdad, la caridad refleja la dimensión personal y al mismo tiempo pública de la fe en el Dios bíblico, que es a la vez «Agapé» y «Lógos»: Caridad y Verdad, Amor y Palabra.

4. Puesto que está llena de verdad, la caridad puede ser comprendida por el hombre en toda su riqueza de valores, compartida y comunicada. En efecto, la verdad es «lógos» que crea «diá-logos» y, por tanto, comunicación y comunión. La verdad, rescatando a los hombres de las opiniones y de las sensaciones subjetivas, les permite llegar más allá de las determinaciones culturales e históricas y apreciar el valor y la sustancia de las cosas. La verdad abre y une el intelecto de los seres humanos en el lógos del amor: éste es el anuncio y el testimonio cristiano de la caridad. En el contexto social y cultural actual, en el que está difundida la tendencia a relativizar lo verdadero, vivir la caridad en la verdad lleva a comprender que la adhesión a los valores del cristianismo no es sólo un elemento útil, sino indispensable para la construcción de una buena sociedad y un verdadero desarrollo humano integral. Un cristianismo de caridad sin verdad se puede confundir fácilmente con una reserva de buenos sentimientos, provechosos para la convivencia social, pero marginales. De este modo, en el mundo no habría un verdadero y propio lugar para Dios. Sin la verdad, la caridad es relegada a un ámbito de relaciones reducido y privado. Queda excluida de los proyectos y procesos para construir un desarrollo humano de alcance universal, en el diálogo entre saberes y operatividad.

5. La caridad es amor recibido y ofrecido. Es «gracia» (cháris). Su origen es el amor que brota del Padre por el Hijo, en el Espíritu Santo. Es amor que desde el Hijo desciende sobre nosotros. Es amor creador, por el que nosotros somos; es amor redentor, por el cual somos recreados. Es el Amor revelado, puesto en práctica por Cristo (cf. Jn 13,1) y «derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo» (Rm 5,5). Los hombres, destinatarios del amor de Dios, se convierten en sujetos de caridad, llamados a hacerse ellos mismos instrumentos de la gracia para difundir la caridad de Dios y para tejer redes de caridad.

La doctrina social de la Iglesia responde a esta dinámica de caridad recibida y ofrecida. Es «caritas in veritate in re sociali», anuncio de la verdad del amor de Cristo en la sociedad. Dicha doctrina es servicio de la caridad, pero en la verdad. La verdad preserva y expresa la fuerza liberadora de la caridad en los acontecimientos siempre nuevos de la historia. Es al mismo tiempo verdad de la fe y de la razón, en la distinción y la sinergia a la vez de los dos ámbitos cognitivos. El desarrollo, el bienestar social, una solución adecuada de los graves problemas socioeconómicos que afligen a la humanidad, necesitan esta verdad. Y necesitan aún más que se estime y dé testimonio de esta verdad. Sin verdad, sin confianza y amor por lo verdadero, no hay conciencia y responsabilidad social, y la actuación social se deja a merced de intereses privados y de lógicas de poder, con efectos disgregadores sobre la sociedad, tanto más en una sociedad en vías de globalización, en momentos difíciles como los actuales.

6. «Caritas in veritate» es el principio sobre el que gira la doctrina social de la Iglesia, un principio que adquiere forma operativa en criterios orientadores de la acción moral. Deseo volver a recordar particularmente dos de ellos, requeridos de manera especial por el compromiso para el desarrollo en una sociedad en vías de globalización: la justicia y el bien común.

Ante todo, la justicia. Ubi societas, ibi ius: toda sociedad elabora un sistema propio de justicia. La caridad va más allá de la justicia, porque amar es dar, ofrecer de lo «mío» al otro; pero nunca carece de justicia, la cual lleva a dar al otro lo que es «suyo», lo que le corresponde en virtud de su ser y de su obrar. No puedo «dar» al otro de lo mío sin haberle dado en primer lugar lo que en justicia le corresponde. Quien ama con caridad a los demás, es ante todo justo con ellos. No basta decir que la justicia no es extraña a la caridad, que no es una vía alternativa o paralela a la caridad: la justicia es «inseparable de la caridad»[1], intrínseca a ella. La justicia es la primera vía de la caridad o, como dijo Pablo VI, su «medida mínima»[2], parte integrante de ese amor «con obras y según la verdad» (1 Jn 3,18), al que nos exhorta el apóstol Juan. Por un lado, la caridad exige la justicia, el reconocimiento y el respeto de los legítimos derechos de las personas y los pueblos. Se ocupa de la construcción de la «ciudad del hombre» según el derecho y la justicia. Por otro, la caridad supera la justicia y la completa siguiendo la lógica de la entrega y el perdón[3]. La «ciudad del hombre» no se promueve sólo con relaciones de derechos y deberes sino, antes y más aún, con relaciones de gratuidad, de misericordia y de comunión. La caridad manifiesta siempre el amor de Dios también en las relaciones humanas, otorgando valor teologal y salvífico a todo compromiso por la justicia en el mundo.

7. Hay que tener también en gran consideración el bien común. Amar a alguien es querer su bien y trabajar eficazmente por él. Junto al bien individual, hay un bien relacionado con el vivir social de las personas: el bien común. Es el bien de ese «todos nosotros», formado por individuos, familias y grupos intermedios que se unen en comunidad social[4]. No es un bien que se busca por sí mismo, sino para las personas que forman parte de la comunidad social, y que sólo en ella pueden conseguir su bien realmente y de modo más eficaz. Desear el bien común y esforzarse por él es exigencia de justicia y caridad. Trabajar por el bien común es cuidar, por un lado, y utilizar, por otro, ese conjunto de instituciones que estructuran jurídica, civil, política y culturalmente la vida social, que se configura así como pólis, como ciudad. Se ama al prójimo tanto más eficazmente, cuanto más se trabaja por un bien común que responda también a sus necesidades reales. Todo cristiano está llamado a esta caridad, según su vocación y sus posibilidades de incidir en la pólis. Ésta es la vía institucional —también política, podríamos decir— de la caridad, no menos cualificada e incisiva de lo que pueda ser la caridad que encuentra directamente al prójimo fuera de las mediaciones institucionales de la pólis. El compromiso por el bien común, cuando está inspirado por la caridad, tiene una valencia superior al compromiso meramente secular y político. Como todo compromiso en favor de la justicia, forma parte de ese testimonio de la caridad divina que, actuando en el tiempo, prepara lo eterno. La acción del hombre sobre la tierra, cuando está inspirada y sustentada por la caridad, contribuye a la edificación de esa ciudad de Dios universal hacia la cual avanza la historia de la familia humana. En una sociedad en vías de globalización, el bien común y el esfuerzo por él, han de abarcar necesariamente a toda la familia humana, es decir, a la comunidad de los pueblos y naciones[5], dando así forma de unidad y de paz a la ciudad del hombre, y haciéndola en cierta medida una anticipación que prefigura la ciudad de Dios sin barreras.

8. Al publicar en 1967 la Encíclica Populorum progressio, mi venerado predecesor Pablo VI ha iluminado el gran tema del desarrollo de los pueblos con el esplendor de la verdad y la luz suave de la caridad de Cristo. Ha afirmado que el anuncio de Cristo es el primero y principal factor de desarrollo[6] y nos ha dejado la consigna de caminar por la vía del desarrollo con todo nuestro corazón y con toda nuestra inteligencia[7], es decir, con el ardor de la caridad y la sabiduría de la verdad. La verdad originaria del amor de Dios, que se nos ha dado gratuitamente, es lo que abre nuestra vida al don y hace posible esperar en un «desarrollo de todo el hombre y de todos los hombres»[8], en el tránsito «de condiciones menos humanas a condiciones más humanas»[9], que se obtiene venciendo las dificultades que inevitablemente se encuentran a lo largo del camino.

A más de cuarenta años de la publicación de la Encíclica, deseo rendir homenaje y honrar la memoria del gran Pontífice Pablo VI, retomando sus enseñanzas sobre el desarrollo humano integral y siguiendo la ruta que han trazado, para actualizarlas en nuestros días. Este proceso de actualización comenzó con la Encíclica Sollicitudo rei socialis, con la que el Siervo de Dios Juan Pablo II quiso conmemorar la publicación de la Populorum progressio con ocasión de su vigésimo aniversario. Hasta entonces, una conmemoración similar fue dedicada sólo a la Rerum novarum. Pasados otros veinte años más, manifiesto mi convicción de que la Populorum progressio merece ser considerada como «la Rerum novarum de la época contemporánea», que ilumina el camino de la humanidad en vías de unificación.

9. El amor en la verdad —caritas in veritate— es un gran desafío para la Iglesia en un mundo en progresiva y expansiva globalización. El riesgo de nuestro tiempo es que la interdependencia de hecho entre los hombres y los pueblos no se corresponda con la interacción ética de la conciencia y el intelecto, de la que pueda resultar un desarrollo realmente humano. Sólo con la caridad, iluminada por la luz de la razón y de la fe, es posible conseguir objetivos de desarrollo con un carácter más humano y humanizador. El compartir los bienes y recursos, de lo que proviene el auténtico desarrollo, no se asegura sólo con el progreso técnico y con meras relaciones de conveniencia, sino con la fuerza del amor que vence al mal con el bien (cf. Rm 12,21) y abre la conciencia del ser humano a relaciones recíprocas de libertad y de responsabilidad.

La Iglesia no tiene soluciones técnicas que ofrecer[10] y no pretende «de ninguna manera mezclarse en la política de los Estados»[11]. No obstante, tiene una misión de verdad que cumplir en todo tiempo y circunstancia en favor de una sociedad a medida del hombre, de su dignidad y de su vocación. Sin verdad se cae en una visión empirista y escéptica de la vida, incapaz de elevarse sobre la praxis, porque no está interesada en tomar en consideración los valores —a veces ni siquiera el significado— con los cuales juzgarla y orientarla. La fidelidad al hombre exige la fidelidad a la verdad, que es la única garantía de libertad (cf. Jn 8,32) y de la posibilidad de un desarrollo humano integral. Por eso la Iglesia la busca, la anuncia incansablemente y la reconoce allí donde se manifieste. Para la Iglesia, esta misión de verdad es irrenunciable. Su doctrina social es una dimensión singular de este anuncio: está al servicio de la verdad que libera. Abierta a la verdad, de cualquier saber que provenga, la doctrina social de la Iglesia la acoge, recompone en unidad los fragmentos en que a menudo la encuentra, y se hace su portadora en la vida concreta siempre nueva de la sociedad de los hombres y los pueblos[12].

CAPÍTULO PRIMERO

EL MENSAJE
DE LA POPULORUM PROGRESSIO

10. A más de cuarenta años de su publicación, la relectura de la Populorum progressio insta a permanecer fieles a su mensaje de caridad y de verdad, considerándolo en el ámbito del magisterio específico de Pablo VI y, más en general, dentro de la tradición de la doctrina social de la Iglesia. Se han de valorar después los diversos términos en que hoy, a diferencia de entonces, se plantea el problema del desarrollo. El punto de vista correcto, por tanto, es el de la Tradición de la fe apostólica[13], patrimonio antiguo y nuevo, fuera del cual la Populorum progressio sería un documento sin raíces y las cuestiones sobre el desarrollo se reducirían únicamente a datos sociológicos.

11. La publicación de la Populorum progressio tuvo lugar poco después de la conclusión del Concilio Ecuménico Vaticano II. La misma Encíclica señala en los primeros párrafos su íntima relación con el Concilio.[14] Veinte años después, Juan Pablo II subrayó en la Sollicitudo rei socialis la fecunda relación de aquella Encíclica con el Concilio y, en particular, con la Constitución pastoral Gaudium et spes[15]. También yo deseo recordar aquí la importancia del Concilio Vaticano II para la Encíclica de Pablo VI y para todo el Magisterio social de los Sumos Pontífices que le han sucedido. El Concilio profundizó en lo que pertenece desde siempre a la verdad de la fe, es decir, que la Iglesia, estando al servicio de Dios, está al servicio del mundo en términos de amor y verdad. Pablo VI partía precisamente de esta visión para decirnos dos grandes verdades. La primera es que toda la Iglesia, en todo su ser y obrar, cuando anuncia, celebra y actúa en la caridad, tiende a promover el desarrollo integral del hombre. Tiene un papel público que no se agota en sus actividades de asistencia o educación, sino que manifiesta toda su propia capacidad de servicio a la promoción del hombre y la fraternidad universal cuando puede contar con un régimen de libertad. Dicha libertad se ve impedida en muchos casos por prohibiciones y persecuciones, o también limitada cuando se reduce la presencia pública de la Iglesia solamente a sus actividades caritativas. La segunda verdad es que el auténtico desarrollo del hombre concierne de manera unitaria a la totalidad de la persona en todas sus dimensiones[16]. Sin la perspectiva de una vida eterna, el progreso humano en este mundo se queda sin aliento. Encerrado dentro de la historia, queda expuesto al riesgo de reducirse sólo al incremento del tener; así, la humanidad pierde la valentía de estar disponible para los bienes más altos, para las iniciativas grandes y desinteresadas que la caridad universal exige. El hombre no se desarrolla únicamente con sus propias fuerzas, así como no se le puede dar sin más el desarrollo desde fuera. A lo largo de la historia, se ha creído con frecuencia que la creación de instituciones bastaba para garantizar a la humanidad el ejercicio del derecho al desarrollo. Desafortunadamente, se ha depositado una confianza excesiva en dichas instituciones, casi como si ellas pudieran conseguir el objetivo deseado de manera automática. En realidad, las instituciones por sí solas no bastan, porque el desarrollo humano integral es ante todo vocación y, por tanto, comporta que se asuman libre y solidariamente responsabilidades por parte de todos. Este desarrollo exige, además, una visión trascendente de la persona, necesita a Dios: sin Él, o se niega el desarrollo, o se le deja únicamente en manos del hombre, que cede a la presunción de la auto-salvación y termina por promover un desarrollo deshumanizado. Por lo demás, sólo el encuentro con Dios permite no «ver siempre en el prójimo solamente al otro»[17], sino reconocer en él la imagen divina, llegando así a descubrir verdaderamente al otro y a madurar un amor que «es ocuparse del otro y preocuparse por el otro»[18].

12. La relación entre la Populorum progressio y el Concilio Vaticano II no representa un fisura entre el Magisterio social de Pablo VI y el de los Pontífices que lo precedieron, puesto que el Concilio profundiza dicho magisterio en la continuidad de la vida de la Iglesia[19]. En este sentido, algunas subdivisiones abstractas de la doctrina social de la Iglesia, que aplican a las enseñanzas sociales pontificias categorías extrañas a ella, no contribuyen a clarificarla. No hay dos tipos de doctrina social, una preconciliar y otra postconciliar, diferentes entre sí, sino una única enseñanza, coherente y al mismo tiempo siempre nueva[20]. Es justo señalar las peculiaridades de una u otra Encíclica, de la enseñanza de uno u otro Pontífice, pero sin perder nunca de vista la coherencia de todo el corpus doctrinal en su conjunto[21]. Coherencia no significa un sistema cerrado, sino más bien la fidelidad dinámica a una luz recibida. La doctrina social de la Iglesia ilumina con una luz que no cambia los problemas siempre nuevos que van surgiendo[22]. Eso salvaguarda tanto el carácter permanente como histórico de este «patrimonio» doctrinal[23] que, con sus características específicas, forma parte de la Tradición siempre viva de la Iglesia[24]. La doctrina social está construida sobre el fundamento transmitido por los Apóstoles a los Padres de la Iglesia y acogido y profundizado después por los grandes Doctores cristianos. Esta doctrina se remite en definitiva al hombre nuevo, al «último Adán, Espíritu que da vida» (1 Co 15,45), y que es principio de la caridad que «no pasa nunca» (1 Co 13,8). Ha sido atestiguada por los Santos y por cuantos han dado la vida por Cristo Salvador en el campo de la justicia y la paz. En ella se expresa la tarea profética de los Sumos Pontífices de guiar apostólicamente la Iglesia de Cristo y de discernir las nuevas exigencias de la evangelización. Por estas razones, la Populorum progressio, insertada en la gran corriente de la Tradición, puede hablarnos todavía hoy a nosotros.

13. Además de su íntima unión con toda la doctrina social de la Iglesia, la Populorum progressio enlaza estrechamente con el conjunto de todo el magisterio de Pablo VI y, en particular, con su magisterio social. Sus enseñanzas sociales fueron de gran relevancia: reafirmó la importancia imprescindible del Evangelio para la construcción de la sociedad según libertad y justicia, en la perspectiva ideal e histórica de una civilización animada por el amor. Pablo VI entendió claramente que la cuestión social se había hecho mundial [25] y captó la relación recíproca entre el impulso hacia la unificación de la humanidad y el ideal cristiano de una única familia de los pueblos, solidaria en la común hermandad. Indicó en el desarrollo, humana y cristianamente entendido, el corazón del mensaje social cristiano y propuso la caridad cristiana como principal fuerza al servicio del desarrollo. Movido por el deseo de hacer plenamente visible al hombre contemporáneo el amor de Cristo, Pablo VI afrontó con firmeza cuestiones éticas importantes, sin ceder a las debilidades culturales de su tiempo.

14. Con la Carta apostólica Octogesima adveniens, de 1971, Pablo VI trató luego el tema del sentido de la política y el peligro que representaban las visiones utópicas e ideológicas que comprometían su cualidad ética y humana. Son argumentos estrechamente unidos con el desarrollo. Lamentablemente, las ideologías negativas surgen continuamente. Pablo VI ya puso en guardia sobre la ideología tecnocrática[26], hoy particularmente arraigada, consciente del gran riesgo de confiar todo el proceso del desarrollo sólo a la técnica, porque de este modo quedaría sin orientación. En sí misma considerada, la técnica es ambivalente. Si de un lado hay actualmente quien es propenso a confiar completamente a ella el proceso de desarrollo, de otro, se advierte el surgir de ideologías que niegan in toto la utilidad misma del desarrollo, considerándolo radicalmente antihumano y que sólo comporta degradación. Así, se acaba a veces por condenar, no sólo el modo erróneo e injusto en que los hombres orientan el progreso, sino también los descubrimientos científicos mismos que, por el contrario, son una oportunidad de crecimiento para todos si se usan bien. La idea de un mundo sin desarrollo expresa desconfianza en el hombre y en Dios. Por tanto, es un grave error despreciar las capacidades humanas de controlar las desviaciones del desarrollo o ignorar incluso que el hombre tiende constitutivamente a «ser más». Considerar ideológicamente como absoluto el progreso técnico y soñar con la utopía de una humanidad que retorna a su estado de naturaleza originario, son dos modos opuestos para eximir al progreso de su valoración moral y, por tanto, de nuestra responsabilidad.

15. Otros dos documentos de Pablo VI, aunque no tan estrechamente relacionados con la doctrina social —la Encíclica Humanae vitae, del 25 de julio de 1968, y la Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, del 8 de diciembre de 1975— son muy importantes para delinear el sentido plenamente humano del desarrollo propuesto por la Iglesia. Por tanto, es oportuno leer también estos textos en relación con la Populorum progressio.

La Encíclica Humanae vitae subraya el sentido unitivo y procreador a la vez de la sexualidad, poniendo así como fundamento de la sociedad la pareja de los esposos, hombre y mujer, que se acogen recíprocamente en la distinción y en la complementariedad; una pareja, pues, abierta a la vida[27]. No se trata de una moral meramente individual: la Humanae vitae señala los fuertes vínculos entre ética de la vida y ética social, inaugurando una temática del magisterio que ha ido tomando cuerpo poco a poco en varios documentos y, por último, en la Encíclica Evangelium vitae de Juan Pablo II[28]. La Iglesia propone con fuerza esta relación entre ética de la vida y ética social, consciente de que «no puede tener bases sólidas, una sociedad que —mientras afirma valores como la dignidad de la persona, la justicia y la paz— se contradice radicalmente aceptando y tolerando las más variadas formas de menosprecio y violación de la vida humana, sobre todo si es débil y marginada»[29].

La Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi guarda una relación muy estrecha con el desarrollo, en cuanto «la evangelización —escribe Pablo VI— no sería completa si no tuviera en cuenta la interpelación recíproca que en el curso de los tiempos se establece entre el Evangelio y la vida concreta, personal y social del hombre»[30]. «Entre evangelización y promoción humana (desarrollo, liberación) existen efectivamente lazos muy fuertes»[31]: partiendo de esta convicción, Pablo VI aclaró la relación entre el anuncio de Cristo y la promoción de la persona en la sociedad. El testimonio de la caridad de Cristo mediante obras de justicia, paz y desarrollo forma parte de la evangelización, porque a Jesucristo, que nos ama, le interesa todo el hombre. Sobre estas importantes enseñanzas se funda el aspecto misionero [32] de la doctrina social de la Iglesia, como un elemento esencial de evangelización[33]. Es anuncio y testimonio de la fe. Es instrumento y fuente imprescindible para educarse en ella.

16. En la Populorum progressio, Pablo VI nos ha querido decir, ante todo, que el progreso, en su fuente y en su esencia, es una vocación: «En los designios de Dios, cada hombre está llamado a promover su propio progreso, porque la vida de todo hombre es una vocación»[34]. Esto es precisamente lo que legitima la intervención de la Iglesia en la problemática del desarrollo. Si éste afectase sólo a los aspectos técnicos de la vida del hombre, y no al sentido de su caminar en la historia junto con sus otros hermanos, ni al descubrimiento de la meta de este camino, la Iglesia no tendría por qué hablar de él. Pablo VI, como ya León XIII en la Rerum novarum[35], era consciente de cumplir un deber propio de su ministerio al proyectar la luz del Evangelio sobre las cuestiones sociales de su tiempo[36].

Decir que el desarrollo es vocación equivale a reconocer, por un lado, que éste nace de una llamada trascendente y, por otro, que es incapaz de darse su significado último por sí mismo. Con buenos motivos, la palabra «vocación» aparece de nuevo en otro pasaje de la Encíclica, donde se afirma: «No hay, pues, más que un humanismo verdadero que se abre al Absoluto en el reconocimiento de una vocación que da la idea verdadera de la vida humana»[37]. Esta visión del progreso es el corazón de la Populorum progressio y motiva todas las reflexiones de Pablo VI sobre la libertad, la verdad y la caridad en el desarrollo. Es también la razón principal por lo que aquella Encíclica todavía es actual en nuestros días.

17. La vocación es una llamada que requiere una respuesta libre y responsable. El desarrollo humano integral supone la libertad responsable de la persona y los pueblos: ninguna estructura puede garantizar dicho desarrollo desde fuera y por encima de la responsabilidad humana. Los «mesianismos prometedores, pero forjados de ilusiones»[38] basan siempre sus propias propuestas en la negación de la dimensión trascendente del desarrollo, seguros de tenerlo todo a su disposición. Esta falsa seguridad se convierte en debilidad, porque comporta el sometimiento del hombre, reducido a un medio para el desarrollo, mientras que la humildad de quien acoge una vocación se transforma en verdadera autonomía, porque hace libre a la persona. Pablo VI no tiene duda de que hay obstáculos y condicionamientos que frenan el desarrollo, pero tiene también la certeza de que «cada uno permanece siempre, sean los que sean los influjos que sobre él se ejercen, el artífice principal de su éxito o de su fracaso»[39]. Esta libertad se refiere al desarrollo que tenemos ante nosotros pero, al mismo tiempo, también a las situaciones de subdesarrollo, que no son fruto de la casualidad o de una necesidad histórica, sino que dependen de la responsabilidad humana. Por eso, «los pueblos hambrientos interpelan hoy, con acento dramático, a los pueblos opulentos»[40]. También esto es vocación, en cuanto llamada de hombres libres a hombres libres para asumir una responsabilidad común. Pablo VI percibía netamente la importancia de las estructuras económicas y de las instituciones, pero se daba cuenta con igual claridad de que la naturaleza de éstas era ser instrumentos de la libertad humana. Sólo si es libre, el desarrollo puede ser integralmente humano; sólo en un régimen de libertad responsable puede crecer de manera adecuada.

18. Además de la libertad, el desarrollo humano integral como vocación exige también que se respete la verdad. La vocación al progreso impulsa a los hombres a «hacer, conocer y tener más para ser más»[41]. Pero la cuestión es: ¿qué significa «ser más»? A esta pregunta, Pablo VI responde indicando lo que comporta esencialmente el «auténtico desarrollo»: «debe ser integral, es decir, promover a todos los hombres y a todo el hombre»[42]. En la concurrencia entre las diferentes visiones del hombre que, más aún que en la sociedad de Pablo VI, se proponen también en la de hoy, la visión cristiana tiene la peculiaridad de afirmar y justificar el valor incondicional de la persona humana y el sentido de su crecimiento. La vocación cristiana al desarrollo ayuda a buscar la promoción de todos los hombres y de todo el hombre. Pablo VI escribe: «Lo que cuenta para nosotros es el hombre, cada hombre, cada agrupación de hombres, hasta la humanidad entera»[43]. La fe cristiana se ocupa del desarrollo, no apoyándose en privilegios o posiciones de poder, ni tampoco en los méritos de los cristianos, que ciertamente se han dado y también hoy se dan, junto con sus naturales limitaciones[44], sino sólo en Cristo, al cual debe remitirse toda vocación auténtica al desarrollo humano integral. El Evangelio es un elemento fundamental del desarrollo porque, en él, Cristo, «en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre»[45]. Con las enseñanzas de su Señor, la Iglesia escruta los signos de los tiempos, los interpreta y ofrece al mundo «lo que ella posee como propio: una visión global del hombre y de la humanidad»[46]. Precisamente porque Dios pronuncia el «sí» más grande al hombre[47], el hombre no puede dejar de abrirse a la vocación divina para realizar el propio desarrollo. La verdad del desarrollo consiste en su totalidad: si no es de todo el hombre y de todos los hombres, no es el verdadero desarrollo. Éste es el mensaje central de la Populorum progressio, válido hoy y siempre. El desarrollo humano integral en el plano natural, al ser respuesta a una vocación de Dios creador[48], requiere su autentificación en «un humanismo trascendental, que da [al hombre] su mayor plenitud; ésta es la finalidad suprema del desarrollo personal»[49]. Por tanto, la vocación cristiana a dicho desarrollo abarca tanto el plano natural como el sobrenatural; éste es el motivo por el que, «cuando Dios queda eclipsado, nuestra capacidad de reconocer el orden natural, la finalidad y el “bien”, empieza a disiparse»[50].

19. Finalmente, la visión del desarrollo como vocación comporta que su centro sea la caridad. En la Encíclica Populorum progressio, Pablo VI señaló que las causas del subdesarrollo no son principalmente de orden material. Nos invitó a buscarlas en otras dimensiones del hombre. Ante todo, en la voluntad, que con frecuencia se desentiende de los deberes de la solidaridad. Después, en el pensamiento, que no siempre sabe orientar adecuadamente el deseo. Por eso, para alcanzar el desarrollo hacen falta «pensadores de reflexión profunda que busquen un humanismo nuevo, el cual permita al hombre moderno hallarse a sí mismo»[51]. Pero eso no es todo. El subdesarrollo tiene una causa más importante aún que la falta de pensamiento: es «la falta de fraternidad entre los hombres y entre los pueblos»[52]. Esta fraternidad, ¿podrán lograrla alguna vez los hombres por sí solos? La sociedad cada vez más globalizada nos hace más cercanos, pero no más hermanos. La razón, por sí sola, es capaz de aceptar la igualdad entre los hombres y de establecer una convivencia cívica entre ellos, pero no consigue fundar la hermandad. Ésta nace de una vocación transcendente de Dios Padre, el primero que nos ha amado, y que nos ha enseñado mediante el Hijo lo que es la caridad fraterna. Pablo VI, presentando los diversos niveles del proceso de desarrollo del hombre, puso en lo más alto, después de haber mencionado la fe, «la unidad de la caridad de Cristo, que nos llama a todos a participar, como hijos, en la vida del Dios vivo, Padre de todos los hombres»[53].

20. Estas perspectivas abiertas por la Populorum progressio siguen siendo fundamentales para dar vida y orientación a nuestro compromiso por el desarrollo de los pueblos. Además, la Populorum progressio subraya reiteradamente la urgencia de las reformas[54] y pide que, ante los grandes problemas de la injusticia en el desarrollo de los pueblos, se actúe con valor y sin demora. Esta urgencia viene impuesta también por la caridad en la verdad. Es la caridad de Cristo la que nos impulsa: «caritas Christi urget nos» (2 Co 5,14). Esta urgencia no se debe sólo al estado de cosas, no se deriva solamente de la avalancha de los acontecimientos y problemas, sino de lo que está en juego: la necesidad de alcanzar una auténtica fraternidad. Lograr esta meta es tan importante que exige tomarla en consideración para comprenderla a fondo y movilizarse concretamente con el «corazón», con el fin de hacer cambiar los procesos económicos y sociales actuales hacia metas plenamente humanas.

CAPÍTULO SEGUNDO

EL DESARROLLO HUMANO
EN NUESTRO TIEMPO

21. Pablo VI tenía una visión articulada del desarrollo. Con el término «desarrollo» quiso indicar ante todo el objetivo de que los pueblos salieran del hambre, la miseria, las enfermedades endémicas y el analfabetismo. Desde el punto de vista económico, eso significaba su participación activa y en condiciones de igualdad en el proceso económico internacional; desde el punto de vista social, su evolución hacia sociedades solidarias y con buen nivel de formación; desde el punto de vista político, la consolidación de regímenes democráticos capaces de asegurar libertad y paz. Después de tantos años, al ver con preocupación el desarrollo y la perspectiva de las crisis que se suceden en estos tiempos, nos preguntamos hasta qué punto se han cumplido las expectativas de Pablo VI siguiendo el modelo de desarrollo que se ha adoptado en las últimas décadas. Por tanto, reconocemos que estaba fundada la preocupación de la Iglesia por la capacidad del hombre meramente tecnológico para fijar objetivos realistas y poder gestionar constante y adecuadamente los instrumentos disponibles. La ganancia es útil si, como medio, se orienta a un fin que le dé un sentido, tanto en el modo de adquirirla como de utilizarla. El objetivo exclusivo del beneficio, cuando es obtenido mal y sin el bien común como fin último, corre el riesgo de destruir riqueza y crear pobreza. El desarrollo económico que Pablo VI deseaba era el que produjera un crecimiento real, extensible a todos y concretamente sostenible. Es verdad que el desarrollo ha sido y sigue siendo un factor positivo que ha sacado de la miseria a miles de millones de personas y que, últimamente, ha dado a muchos países la posibilidad de participar efectivamente en la política internacional. Sin embargo, se ha de reconocer que el desarrollo económico mismo ha estado, y lo está aún, aquejado por desviaciones y problemas dramáticos, que la crisis actual ha puesto todavía más de manifiesto. Ésta nos pone improrrogablemente ante decisiones que afectan cada vez más al destino mismo del hombre, el cual, por lo demás, no puede prescindir de su naturaleza. Las fuerzas técnicas que se mueven, las interrelaciones planetarias, los efectos perniciosos sobre la economía real de una actividad financiera mal utilizada y en buena parte especulativa, los imponentes flujos migratorios, frecuentemente provocados y después no gestionados adecuadamente, o la explotación sin reglas de los recursos de la tierra, nos induce hoy a reflexionar sobre las medidas necesarias para solucionar problemas que no sólo son nuevos respecto a los afrontados por el Papa Pablo VI, sino también, y sobre todo, que tienen un efecto decisivo para el bien presente y futuro de la humanidad. Los aspectos de la crisis y sus soluciones, así como la posibilidad de un futuro nuevo desarrollo, están cada vez más interrelacionados, se implican recíprocamente, requieren nuevos esfuerzos de comprensión unitaria y una nueva síntesis humanista. Nos preocupa justamente la complejidad y gravedad de la situación económica actual, pero hemos de asumir con realismo, confianza y esperanza las nuevas responsabilidades que nos reclama la situación de un mundo que necesita una profunda renovación cultural y el redescubrimiento de valores de fondo sobre los cuales construir un futuro mejor. La crisis nos obliga a revisar nuestro camino, a darnos nuevas reglas y a encontrar nuevas formas de compromiso, a apoyarnos en las experiencias positivas y a rechazar las negativas. De este modo, la crisis se convierte en ocasión de discernir y proyectar de un modo nuevo. Conviene afrontar las dificultades del presente en esta clave, de manera confiada más que resignada.

22. Hoy, el cuadro del desarrollo se despliega en múltiples ámbitos. Los actores y las causas, tanto del subdesarrollo como del desarrollo, son múltiples, las culpas y los méritos son muchos y diferentes. Esto debería llevar a liberarse de las ideologías, que con frecuencia simplifican de manera artificiosa la realidad, y a examinar con objetividad la dimensión humana de los problemas. Como ya señaló Juan Pablo II[55], la línea de demarcación entre países ricos y pobres ahora no es tan neta como en tiempos de la Populorum progressio. La riqueza mundial crece en términos absolutos, pero aumentan también las desigualdades. En los países ricos, nuevas categorías sociales se empobrecen y nacen nuevas pobrezas. En las zonas más pobres, algunos grupos gozan de un tipo de superdesarrollo derrochador y consumista, que contrasta de modo inaceptable con situaciones persistentes de miseria deshumanizadora. Se sigue produciendo «el escándalo de las disparidades hirientes»[56]. Lamentablemente, hay corrupción e ilegalidad tanto en el comportamiento de sujetos económicos y políticos de los países ricos, nuevos y antiguos, como en los países pobres. La falta de respeto de los derechos humanos de los trabajadores es provocada a veces por grandes empresas multinacionales y también por grupos de producción local. Las ayudas internacionales se han desviado con frecuencia de su finalidad por irresponsabilidades tanto en los donantes como en los beneficiarios. Podemos encontrar la misma articulación de responsabilidades también en el ámbito de las causas inmateriales o culturales del desarrollo y el subdesarrollo. Hay formas excesivas de protección de los conocimientos por parte de los países ricos, a través de un empleo demasiado rígido del derecho a la propiedad intelectual, especialmente en el campo sanitario. Al mismo tiempo, en algunos países pobres perduran modelos culturales y normas sociales de comportamiento que frenan el proceso de desarrollo.

23. Hoy, muchas áreas del planeta se han desarrollado, aunque de modo problemático y desigual, entrando a formar parte del grupo de las grandes potencias destinado a jugar un papel importante en el futuro. Pero se ha de subrayar que no basta progresar sólo desde el punto de vista económico y tecnológico. El desarrollo necesita ser ante todo auténtico e integral. El salir del atraso económico, algo en sí mismo positivo, no soluciona la problemática compleja de la promoción del hombre, ni en los países protagonistas de estos adelantos, ni en los países económicamente ya desarrollados, ni en los que todavía son pobres, los cuales pueden sufrir, además de antiguas formas de explotación, las consecuencias negativas que se derivan de un crecimiento marcado por desviaciones y desequilibrios.

Tras el derrumbe de los sistemas económicos y políticos de los países comunistas de Europa Oriental y el fin de los llamados «bloques contrapuestos», hubiera sido necesario un replanteamiento total del desarrollo. Lo pidió Juan Pablo II, quien en 1987 indicó que la existencia de estos «bloques» era una de las principales causas del subdesarrollo[57], pues la política sustraía recursos a la economía y a la cultura, y la ideología inhibía la libertad. En 1991, después de los acontecimientos de 1989, pidió también que el fin de los bloques se correspondiera con un nuevo modo de proyectar globalmente el desarrollo, no sólo en aquellos países, sino también en Occidente y en las partes del mundo que se estaban desarrollando[58]. Esto ha ocurrido sólo en parte, y sigue siendo un deber llevarlo a cabo, tal vez aprovechando precisamente las medidas necesarias para superar los problemas económicos actuales.

24. El mundo que Pablo VI tenía ante sí, aunque el proceso de socialización estuviera ya avanzado y pudo hablar de una cuestión social que se había hecho mundial, estaba aún mucho menos integrado que el actual. La actividad económica y la función política se movían en gran parte dentro de los mismos confines y podían contar, por tanto, la una con la otra. La actividad productiva tenía lugar predominantemente en los ámbitos nacionales y las inversiones financieras circulaban de forma bastante limitada con el extranjero, de manera que la política de muchos estados podía fijar todavía las prioridades de la economía y, de algún modo, gobernar su curso con los instrumentos que tenía a su disposición. Por este motivo, la Populorum progressio asignó un papel central, aunque no exclusivo, a los «poderes públicos»[59].

En nuestra época, el Estado se encuentra con el deber de afrontar las limitaciones que pone a su soberanía el nuevo contexto económico-comercial y financiero internacional, caracterizado también por una creciente movilidad de los capitales financieros y los medios de producción materiales e inmateriales. Este nuevo contexto ha modificado el poder político de los estados.

Hoy, aprendiendo también la lección que proviene de la crisis económica actual, en la que los poderes públicos del Estado se ven llamados directamente a corregir errores y disfunciones, parece más realista una renovada valoración de su papel y de su poder, que han de ser sabiamente reexaminados y revalorizados, de modo que sean capaces de afrontar los desafíos del mundo actual, incluso con nuevas modalidades de ejercerlos. Con un papel mejor ponderado de los poderes públicos, es previsible que se fortalezcan las nuevas formas de participación en la política nacional e internacional que tienen lugar a través de la actuación de las organizaciones de la sociedad civil; en este sentido, es de desear que haya mayor atención y participación en la res publica por parte de los ciudadanos.

25. Desde el punto de vista social, a los sistemas de protección y previsión, ya existentes en tiempos de Pablo VI en muchos países, les cuesta trabajo, y les costará todavía más en el futuro, lograr sus objetivos de verdadera justicia social dentro de un cuadro de fuerzas profundamente transformado. El mercado, al hacerse global, ha estimulado, sobre todo en países ricos, la búsqueda de áreas en las que emplazar la producción a bajo coste con el fin de reducir los precios de muchos bienes, aumentar el poder de adquisición y acelerar por tanto el índice de crecimiento, centrado en un mayor consumo en el propio mercado interior. Consecuentemente, el mercado ha estimulado nuevas formas de competencia entre los estados con el fin de atraer centros productivos de empresas extranjeras, adoptando diversas medidas, como una fiscalidad favorable y la falta de reglamentación del mundo del trabajo. Estos procesos han llevado a la reducción de la red de seguridad social a cambio de la búsqueda de mayores ventajas competitivas en el mercado global, con grave peligro para los derechos de los trabajadores, para los derechos fundamentales del hombre y para la solidaridad en las tradicionales formas del Estado social. Los sistemas de seguridad social pueden perder la capacidad de cumplir su tarea, tanto en los países pobres, como en los emergentes, e incluso en los ya desarrollados desde hace tiempo. En este punto, las políticas de balance, con los recortes al gasto social, con frecuencia promovidos también por las instituciones financieras internacionales, pueden dejar a los ciudadanos impotentes ante riesgos antiguos y nuevos; dicha impotencia aumenta por la falta de protección eficaz por parte de las asociaciones de los trabajadores. El conjunto de los cambios sociales y económicos hace que las organizaciones sindicales tengan mayores dificultades para desarrollar su tarea de representación de los intereses de los trabajadores, también porque los gobiernos, por razones de utilidad económica, limitan a menudo las libertades sindicales o la capacidad de negociación de los sindicatos mismos. Las redes de solidaridad tradicionales se ven obligadas a superar mayores obstáculos. Por tanto, la invitación de la doctrina social de la Iglesia, empezando por la Rerum novarum[60], a dar vida a asociaciones de trabajadores para defender sus propios derechos ha de ser respetada, hoy más que ayer, dando ante todo una respuesta pronta y de altas miras a la urgencia de establecer nuevas sinergias en el ámbito internacional y loc

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11:13 | Autor Iglesia Hogar

SID

Servicio informativo diocesano

año V - 217

25-Jun-2009

Año Sacerdotal

“Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote”

Sumario

El Santo Padre

Clausura del Año Paulino en las Primeras Vísperas de la Solemnidad de los santos Pedro y Pablo

Año sacerdotal – identificarse totalmente con Cristo

La Santa Sede

De Gasperi, modelo de coherencia entre fe y política

Internacional

Los obispos de los países del G-8 hacen un llamamiento por los pobres

Los jóvenes sí se confiesan

Nacional

Oración de los obispos argentinos para el Año Sacerdotal

La Iglesia reiteró su rechazo a la despenalización del consumo de drogas

El Obispo

Agenda de Nuestro Obispo para Junio

La Diócesis

Visita del Cardenal Estanislao Karlic a Mar del Plata

Vivir en Democracia – Comunicado de Pastoral Social

Campaña “Nuestra elección es solidaria”

Curso de Capacitación Docente – Uso adecuado de la voz

Celebración en la Memoria litúrgica de San Josemaría Escrivá

Retiro espiritual de silencio “Alégrense en el Señor…” – P. Gabriel Mestre

8ºJornada Diocesana de Liturgia - "El Misal Romano: espiritualidad, uso pastoral y nuevos formularios”

Jornada de Vida Cristiana de Varones

Encuentro Popular de Evangelización Cristiana "Cura Brochero"

Encuentro de Evangelización "Cura Brochero" para Mujeres

Retiro Tobías - Profundización de la Vocación al Amor Matrimonial

Contenido

PRIMERAS VÍSPERAS DE LA SOLEMNIDAD DE LOS SANTOS PEDRO Y PABLO CON EL PAPA

El domingo 28 de junio de 2009, el Santo Padre Benedicto XVI presidirá las Primeras Vísperas de la Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo en la Basílica de San Pablo Extramuros de Vía Ostiense de Roma, en ocasión de la clausura del Año Paulino (2008-2009).

Trasmisiones de Televisión:

EWTN

el Canal Católico

Canal 350 de DIRECTV

Canal 88 de Multicanal MDP y La Capital Cable

13:00 horas de Buenos Aires – en vivo

19:30 horas de Buenos Aires– repetición

(Sumario)

AÑO SACERDOTAL: IDENTIFICARSE TOTALMENTE CON CRISTO

CIUDAD DEL VATICANO, 24 JUN 2009 (VIS).-En la audiencia general de hoy, celebrada en la Plaza de San Pedro, el Papa habló sobre el Año Sacerdotal, que inauguró el viernes pasado, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús y Jornada de oración por la santificación de los sacerdotes, con ocasión del ciento cincuenta aniversario de la muerte de san Juan María Vianney.

El Santo Padre explicó por qué ha querido que se celebrase un Año Sacerdotal y precisamente en recuerdo del Santo Cura de Ars, "que aparentemente no hizo nada de extraordinario".

"La Providencia divina -dijo- ha hecho que su figura se uniese a la de San Pablo. (...) Si los dos santos siguieron caminos muy diferentes, (...) existe sin embargo una cosa fundamental que los une: su identificación total con el propio ministerio, su comunión con Cristo".

Benedicto XVI recordó que "el objetivo de este Año Sacerdotal es renovar en cada uno de los presbíteros la aspiración a la perfección espiritual, de la que depende en gran medida la eficacia de su ministerio. Asimismo, esta iniciativa servirá para ayudar a los sacerdotes y a todo el Pueblo de Dios a volver a descubrir y reforzar la conciencia del don de gracia extraordinario e indispensable que supone el ministerio ordenado para quien lo ha recibido, para toda la Iglesia y para el mundo, que sin la presencia real de Cristo estaría perdido".

Aunque "han cambiado las condiciones históricas y sociales en las que vivió el Santo Cura de Ars, es justo preguntarse cómo pueden imitarlo los sacerdotes en la identificación con el propio ministerio en las actuales sociedades globalizadas".

"En un mundo en el que la visión común de la vida comprende cada vez menos lo sagrado, donde la "funcionalidad" es la única y decisiva categoría, la concepción católica del sacerdocio podría correr el riesgo de perder su consideración natural, a veces incluso dentro de la conciencia eclesial".

El Santo Padre puso de relieve que existen dos concepciones del sacerdocio, "que en realidad no se contraponen": "una social-funcional que define la esencia del sacerdocio con el concepto de "servicio" y otra "sacramental-ontológica, que (...) considera que el ser ministro está determinado por un don concedido por el Señor a través de la mediación de la Iglesia, cuyo nombre es sacramento".

Tras preguntarse "qué significa evangelizar para los sacerdotes y en qué consiste el primado del anuncio", el Papa subrayó que "el anuncio coincide con la persona misma de Cristo; (...) el presbítero no se puede considerar "dueño" de la palabra, sino siervo".

"Sólo la participación en el sacrificio de Cristo, en su "chenosi", (...) y la obediencia dócil a la Iglesia, hace auténtico el anuncio. (...) El sacerdote -añadió- es siervo de Cristo, en el sentido de que su existencia, configurada a El ontológicamente, asume un carácter esencialmente relacional: es "in" Cristo, "per" Cristo y "con" Cristo al servicio de los seres humanos. Precisamente porque pertenece a Cristo, el presbítero está totalmente al servicio de ellos".

Benedicto XVI concluyó expresando el deseo de que "el Año Sacerdotal lleve a todos los sacerdotes a identificarse totalmente con Cristo crucificado y resucitado, para que a imitación de San Juan Bautista, de quien hoy celebramos la natividad, estén dispuestos a "disminuir" para que Él crezca, y así, siguiendo también el ejemplo del Cura de Ars, perciban constantemente y en profundidad la responsabilidad de su misión, que es signo y presencia de la misericordia infinita de Dios".

(Sumario)

De Gasperi, modelo de coherencia entre fe y política

Audiencia a los miembros de la Fundación dedicada a la memoria del difunto estadista

CIUDAD DEL VATICANO, lunes 22 de junio de 2009 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el discurso que el Papa pronunció el pasado sábado a los miembros de la Fundación Alcide De Gasperi, a quienes recibió en la Sala de los Papas del Palacio Apostólico.

Alcide De Gasperi (1881-1954) fue un político italiano al que junto con Konrad Adenauer, Robert Schuman y Jean Monnet, se le considera como "padre de Europa" pues contribuyó decisivamente a la creación de las Comunidades Europeas.

Además fue ministro de Asuntos Exteriores y primer Ministro de Italia, así como fundador de Democracia Cristiana (Italia) y último secretario del Partido Popular Italiano. Está en curso su proceso de beatificación.

* * *

Queridos amigos del Consejo de la Fundación Alcide de Gasperi:

Me es muy grata vuestra visita, y os saludo a todos vosotros con afecto. En particular, saludo a la señora Maria Romana, hija de Alcide De Gasperi, y al honorable Giulio Andreotti, que durante mucho tiempo fue su estrecho colaborador. Aprovecho con gusto la oportunidad que me ofrece vuestra presencia para volver a evocar la figura de esta gran personalidad que, en momentos históricos de profundos cambios sociales en Italia y en Europa, plagados de no pocas dificultades, supo prodigarse eficazmente por el bien común. Formado en la escuela del Evangelio, De Gasperi fue capaz de traducir en actos concretos y coherentes la fe que profe saba. Espiritualidad y política fueron en efecto dos dimensiones que convivieron en su persona y que caracterizaron su labor social y espiritual. Con prudente visión de futuro, guió la reconstrucción de la Italia surgida del fascismo y de la segunda guerra mundial, y le trazó con valor el camino hacia el futuro; defendió su libertad y su democracia; relanzó su imagen en ámbito internacional; promovió su recuperación económica abriéndose a la colaboración de todas las personas de buena voluntad.

Espiritualidad y política se integraron tan bien en él que, si se quiere comprender hasta el fondo a este estimado hombre de gobierno, es necesario no limitarse a registrar los resultados políticos conseguidos por él, sino que es necesario tener en cuenta también su fina sensibilidad religiosa y de la fe firme que constantemente animó su pensamiento y acción. En 1981, a cien años de su nacimiento, mi venerado predecesor Juan Pablo II le rindió homenaje, afirmando que "en él la fe fue centro inspirador, fuerza cohesionadora, criterio de valores, razón de elecciones" (Enseñanzas, IV, 1981, p. 861). Las razones de tan sólido testimonio evangélico deben buscarse en la formación humana y epsiritual recibida en su región, el Trentino, en una familia en la que el amor por Cristo constituía el pan cotidiano y referencia de toda elección. Él tenía poco más de veinte años cuando en 1902, tomando parte en el primer Congreso Católico Trentino, trazó las líneas de acción apostólica que constituirán el programa de su entera existencia: "No basta conservar el cristianismo en sí mismos - afirmó -, conviene combatir con todo el grueso del ejércit o católico para reconquistar a la fe los campos perdidos" (cfr A. De Gasperi, I cattolici trentini sotto l'Austria, Ed. di storia e letteratura, Roma 1964, p. 24). A esta orientación permaneció fiel hasta la muerte, incluso a costa de sacrificios personales, fascinado por la figura de Cristo. "No soy un beato --escribía a su futura esposa Francesca-- ni siquiera religioso como debería ser; pero la personalidad del Cristo vivo me arrastra, me subyuga, me fascina como a un chiquillo. Ven, te quiero conmigo y que me sigas en esta misma atracción, como hacia un abismo de luz" (A. De Gasperi, Cara Francesca, Lettere, edición de M.R. De Gasperi, Morcelliana, Brescia 1999, pp. 40 -41).

Por tanto uno no se sorprende cuando se entera de que en su jornada, colmada de tareas institucionales, consideran siempre un amplio espacio a la oración y a la relación con Dios, comenzando cada dí a, cuando les era posible, con la participación en la Santa Misa. Es más, los momentos más caóticos y movidos marcaron el culmen de su espiritualidad. Cuando por ejemplo, conoció la experiencia de la cárcel, llevó consigo como primer libro la Biblia y desde ese momento conservó la costumbre de anotar las referencias bíblicas en pequeñas hojas para alimentar constantemente su espíritu. Hacia el final de su actividad gubernamental, tras un duro debate parlamentario, respondió a un colega que le preguntaba cuál era el secreto de su acción política: "¡Qué quieres, es el Señor!".

Queridos amigos, me gustaría detenerme un poco más en este personaje que ha honrado a la Iglesia y a Italia, pero me limito a poner de relieve su reconocida rectitud moral, basada en una indiscutible fidelidad a los valores humanos y cristianos, como también la serena conciencia moral que le guió en las decisiones políticas. "En el sistema democrático -afirma en una de sus intervenciones- se le confiere un mandato político administrativo con una responsabilidad específica..., pero al mismo tiempo hay una responsabilidad moral ante la propia conciencia, y la conciencia para decidir debe estar siempre iluminada por la doctrina y la enseñanza de la Iglesia" (cfr A. De Gasperi, Discorsi politici 1923-1954, Cinque Lune, Roma 1990, p. 243). Ciertamente, en algunos momentos no faltaron dificultades y, quizás, también incomprensiones por parte del mundo eclesiástico, pero De Gasperi no conoció vacilaciones en su adhesión a la Iglesia, que fue -como lo atestigua en un discurso en Nápoles en junio de 1954- "plena y sincera... también en las directrices morales y sociales contenidas en los documentos pontificios qu e casi diariamente han alimentado y forman nuestra vocación a la vida pública".

En esta misma ocasión observaba que "para actuar en el campo social y político no bastan la fe ni la virtud, conviene crear y alimentar un instrumento adecuado a los tiempos... que tenga un programa, un método propio, una responsabilidad autónoma, una hechura y una gestión democráticas". Dócil y obediente a la Iglesia, fue por tanto autónomo y responsable en sus decisiones políticas, sin servirse de la Iglesia para fines políticos y sin descender nunca a compromisos con su recta conciencia. En el ocaso de sus días podrá decir: "He hecho todo lo que estaba en mi poder, mi conciencia está en paz", mientras se apagaba confortado por el apoyo de sus familiares, el 19 de agosto de 1954, tras haber musitado por tres veces el nombre de Jesús. Queridos amigos, mientras r ezamos por el alma de este estadista de fama internacional, que con su acción política sirvió a la Iglesia, a Italia y a Europa, pidamos al Señor que el recuerdo de su experiencia de gobierno y de su testimonio cristiano sean ánimo y estímulo para aquellos que hoy rigen los destinos de Italia y de los demás pueblos, especialmente para cuantos se inspiran en el Evangelio. Con este augurio, os agradezco una vez más vuestra visita y os bendigo a todos con afecto.

[Traducción del original italiano por Inma Álvarez

© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana]

(Sumario)

Los obispos de los países del G-8 hacen un llamamiento por los pobres

Envían un mensaje a los líderes políticos del mundo

WASHINGTON, jueves 25 de junio de 2009 (ZENIT.org).- Los presidentes de las Conferencias Episcopales del grupo de ocho naciones más ricas del mundo, conocido como G8, han enviado un mensaje conjunto a los líderes de sus respectivas naciones, pidiéndoles que ayuden a los más afectados por la pobreza y el cambio climático.

La carta, fechada el 22 de junio, se envió a lo jefes de Estado de Canadá, Francia, Alemania, Italia, Japón, la Federación Rusa, Reino Unido y Estados Unidos. En ella, los obispos subrayan las palabras de Benedicto XVI en favor de los países en vías de desarrollo.

"Irónicamente, los países pobres son los que menso han contribuido a la crisis económica que está afrontando nuestro mundo -afirman-, pero sus vidas y estilos de vida van a sufrir la mayor devastación porque se debaten en los márgenes de la pobreza extrema".

Los prelados piden a sus naciones que asuman su responsabilidad y "promuevan el diálogo con otras economías poderosas para ayudar a prevenir otras crisis económicas".

La carta subraya la importancia del "mantenimiento de la paz, para que los conflictos armados no sigan sustrayendo a los países los recursos que necesitan para su desarrollo".

Los obispos muestran una particular preocupación en el problema del cambio climático, que constituye un riesgo mayor para los países y los pueblos más pobres.

"Proteger a los pobres y al planeta no son asunto s contrapuestos; son prioridades morales para todos los habitantes de este mundo", añaden.

La carta expresa la confianza en que la cumbre del G8 "sea una luz de esperanza para nuestro mundo".

"Preguntándose en primer lugar cómo una política determinada afectará a los más pobres y vulnerables, se puede ayudar a asegurar que se buscará el bien común para todos. Como cualquier familia humana, seremos tan sanos como lo sean sus miembros más débiles".

La cumbre del G8 tendrá lugar entre el 8 y el 10 de julio en L'Aquila, Italia. Como es cada vez más habitual, se celebró una cumbre religiosa paralela a la reunión del G-8 y, por tanto, los líderes eclesiales se reunieron durante dos días la semana pasada.
(Sumario)


Los jóvenes sí se confiesan

TOLEDO, martes, 22 junio 2009 (ZENIT.org).- Si a los jóvenes se les ofrece la posibilidad de acercarse a Jesucristo, la aprovechan. Y si es a través del sacramento de la Penitencia, también.

En tiempos recios, cientos de muchachos y muchachas españoles han acudido a rezar, a confesarse y a contemplar el Sagrado Corazón de Jesús. Ocurrió el pasado sábado por la noche, en una vigilia que reunió a tres mil jóvenes en vísperas a la Consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús que tuvo lugar el pasado domingo en El Cerro de los Ángeles, el corazón geográfico de España y un lugar de profundo significado espiritual.

En est a entrevista, el padre José María Alsina, sacerdote diocesano de Toledo, perteneciente a la Hermandad de Hijos de Nuestra Señora del Sagrado Corazón y consiliario nacional de Jóvenes por el Reino de Cristo (JRC), sección juvenil del Apostolado de la Oración, revela el por qué la juventud sigue queriendo acercarse a Jesús en la Penitencia.

--Esperaban a 500 jóvenes en la vigilia y aparecieron más de 2000. Cuándo el Señor llama, ¿los jóvenes responden?

--P. Alsina: No sabíamos muy bien cuántos jóvenes iban a acudir. La convocatoria que se realizó desde JRC y que tuvo como cobertura el Departamento de Juventud de la Conferencia Episcopal Española se hizo hace muy poco tiempo, además estamos en España en tiempo de exámenes para los universitarios. Estos factores nos hacían pensar que podrían venir entre 500 y 1000 jóvenes. Pero el Espíritu Santo "sopló" y llegada la noche apareció una riada de muchachos y muchachas, de toda España que respondieron a una llamada a la oración.

Estamos impresionados, no por la cantidad, sino por la calidad de la gente que venía. Sólo empezar la vigilia se creó un ambiente de recogimiento y de encuentro personal con el Corazón de Cristo. Me impresionó constatar que durante los turnos de adoración eucarística que se tuvieron a lo largo de la noche no bajaron de doscientos jóvenes que como "centinelas del mañana" velaron junto a Jesús Eucaristía acompañados de sus sacerdotes.

--No hubo grandes actos, s&oac ute;lo los chicos, cara a cara con el Señor.

--P. Alsina: Cuando le presentamos al cardenal de Madrid nuestra propuesta de una Vigilia Juvenil con la que se prepararía la Consagración del día siguiente nos preguntó qué queríamos hacer, y respondimos que nada más que poner a los jóvenes delante de Jesucristo, nada más. Estar allí, ante el Santísimo, de corazón a corazón con Cristo.

Es el Señor el que ha movido esto. Es totalmente claro que fue el Espíritu Santo. La Vigilia y la Misa de Consagración del día siguiente fue un auténtico cenáculo donde todos palpamos la presencia del Espíritu Santo.

--Esta vigilia no fue de un movimiento sino que aglutinó a gente distinta, de colegios, parroquias, grupos juveniles... no siempre es fácil, conseguir tanta unión.

--P. Alsina: Sí, JRC ha invitado, pero los que lo han hecho suyo son los movimientos, también había muchos sacerdotes de parroquias. Esto no ha sido un acto de JRC, sino que ha tenido un eco en realidades muy diversas de la vida de la Iglesia en España y de muchas parroquias. Ha sido sin duda una experiencia de comunión muy hermosa.

Un detalle significativo es que se vieron bastantes religiosas jóvenes, vocaciones españolas y de distintas congregaciones e institutos.

Fue ciertamente una expresión de fe de cientos de muchachos y más de 100 sacerdotes jóvenes venidos de toda España y que estuvieron toda la noche administrando el sacramento de la penitencia a los jóvenes que permanecieron en vela.

--Por la noche hubo confesiones sin cesar. ¿Se lo esperaban?

--P. Alsina: Desde e principio se dijo a los sacerdotes que se pusieran a confesar. Se invitó a los jóvenes a ir a la mañana siguiente a la Consagración reconciliados por el sacramento que lava, que purifica, y sí, hubo sacerdotes confesando sin parar, toda la noche.

Si hay algo que se muestra con esto es que el sacramento no está obsoleto sino que obtiene respuesta especialmente entre los jóvenes cuando se les ofrece, pues ellos buscan el encuentro personal con la misericordia del Señor.

El sentido de la vigilia fue también vincular el encuentro del sacramento con el mensaje de la consagración: ponerse en manos de un Dios que te perdona y que te quiere.

--Los jóvenes rompieron el silencio de la oración nocturna con aplausos. Fueron para dos testimonios. ¿Qué les dijeron?

--P. Alsina: Pudieron presenciar dos testimonios. Uno de un seminarista japon&e acute;s que estudia en Toledo. Contó su conversión, como fruto del encuentro con un joven español en Canadá, y fue conmovedor cuando relató que él al principio no sabía rezar, pero le decía a Jesús una sola cosa: "Te quiero Jesús, te quiero". Ignacio Noriyasu, que así se llama, nos dijo que ahora estudiaba en un Seminario en Toledo. Ante estas palabras todos los jóvenes emocionados empezaron aplaudir.

Otro testimonio fue de Mercedes, una joven tetrapléjica que venía de Barcelona. Hizo una bonita oración ante el Corazón de Jesús en la Eucaristía, dando gracias por la vida, por haberle conocido, por saber que estaba allí, y pidió por las madres que no aceptan a sus hijos, rezó para que los acepten aunque tengan dificultades. También pidió por los enfermos que quieren tirar la toalla, y cont&oacu te; como la fe le hace llevar con alegría y paz su enfermedad.

También se comentó a los jóvenes que varios monasterios femeninos de toda la geografía española pasaron toda la noche en vela unidas a los jóvenes rezando.

--Tuvieron el privilegio de contemplar las reliquias de santa Margarita Alocoque. ¿Cómo resuenan en los jóvenes las revelaciones del Sagrado Corazón de Jesús ?

--P. Alsina: Sí, la santa estaba allí. Tuvimos las reliquias en el templo. El mensaje dado por el mismo Jesús a esta Santa es de una gran actualidad. Santa Margarita nos pone delante de un Corazón, el del mismo Dios, que ama con locura y que no recibe a cambio más que desprecio e ingratitud por parte de los hombres y por eso espera y "necesita" de nuestra respuesta de Amor muy especialmente en la Eucaristía.
&nb sp;
--¿Cuál es el significado espiritual del Cerro de los Ángeles?

-P. Alsina. El Cerro de los Ángeles es un lugar de oración, de reparación al Corazón de Jesús. En este lugar España se consagró al Sagrado Corazón en el año 1919 y con la fundación del Carmelo por Santa María Maravillas adquiere una dimensión de reparación y consuelo para Jesús por todas los pecados que se cometen en España.

Es además un lugar de esperanza. En el centro geográfico de España, la imagen del Corazón de Jesús nos recuerda que El está con nosotros y que como prometió al P. Bernardo de Hoyos, próximamente beatificado, "reinaría en nuestra patria con especial veneración".

--Esta vigilia es entonces una buena antesala para la Jornada Mundia l de la Juventud...

--P. Alsina. Esta vigilia nos ha mostrado dos cosas: que los jóvenes buscan y quieren estar con Cristo, en el silencio y la Eucaristía y en la Penitencia.

Por otro lado, se ha visto el deseo de encontrarse con otros jóvenes que buscan a Cristo. No sólo fue una noche de oración personal, sino que vinieron a encontrarse con otros que iban a rezar, y esta será la experiencia de la Jornada Mundial de la Juventud, un encuentro personal con Cristo, pero también y comunitario y universal.

Creo que es un pistoletazo de salida para Madrid 2011 y una experiencia muy importante de cómo cuando los jóvenes son convocados a la oración, responden de verdad.

Pueden verse testimonios de la vigilia en:

http://www.populartv.net/index.php/PopularTV/ver-programa/vigilia_con_motivo_del_90_aniversario_de_la_consagracion_de_espana_al_coraz/

Por Miriam Díez i Bosch

(Sumario)

Oración de los obispos argentinos para el Año Sacerdotal

Oración de la Conferencia Episcopal Argentina con motivo del Año Sacerdotal Especial, que comienza hoy viernes, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.


Jesús, Buen Pastor,
que has querido guiar a tu pueblo
mediante el ministerio de los sacerdotes:
¡gracias por este regalo para tu Iglesia y para el mundo!

Te pedimos por quienes has llamado a ser tus ministros:
cuídalos y concédeles el ser fieles.
Que sepan estar en medio y delante de tu pueblo,
siguiendo tus huellas e irradiando tus mismos sentimientos.

Te rogamos por quienes se están preparando
para servir como pastores
que sean disponibles y generosos
para dejarse moldear según tu corazón.

Te pedimos por los jóvenes a quienes también hoy llamas:
que sepan escucharte y tengan el coraje de responderte,
que no sean indiferentes a tu mirada tierna y comprometedora,
que te descubran como el verdadero Tesoro
y estén dispuestos a dar la vida "hasta el extremo".

Te lo pedimos junto con María, nuestra Madre de Luján,
y San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars,
en este Año Sacerdotal. Amén.

(Sumario)


La Iglesia reiteró su rechazo a la despenalización del consumo de drogas

Buenos Aires, 25 Jun. 09 (AICA) El responsable de la Comisión Nacional de Pastoral de Adicciones, monseñor Jorge Lozano, obispo de Gualeguaychú, reiteró hoy el rechazo de la Iglesia a las iniciativas oficiales para que la tenencia de drogas para consumo personal no sea sancionada penalmente. Lo hizo al presentar en la sede de la Conferencia Episcopal Argentina, las iniciativas pastorales que lleva adelante para educar y prevenir en adicciones.

“Es preocupante que en la provincia de Buenos Aires haya 400 mil jóvenes que no estudian ni trabajan, según cifras oficiales. Evidentemente estamos sentados arriba de pólvora y dinamita. Son jóvenes que no tienen sueños, que se sienten solos y encuentran en la droga la respuesta más fácil, más inmediata para tapar mucha frustración y dolor”, advirtió el presbítero Jorge Ignacio García Cuerva, que trabaja con jóvenes en situación de riesgo en la diócesis de San Isidro, al trazar un panorama sobre las consecuencias sociales de este flagelo.

Tras asegurar que faltan sistemas de radarización para detectar aviones y las “centenares” de pistas clandestinas que hay en las zonas de frontera, los especialistas lamentaron la falta de presupuesto para la “sanación y recuperación” del adicto, la prevención y la educación sobre este flagelo.

“El Estado no está proveyendo las partidas necesarias para ayudar a que las personas aprehendidas (por tenencia) se recuperen”, aseveró el presbítero Marcelo Ramljak, en una conferencia de prensa con motivo del Día Internacional de Lucha Contra la Droga, declarado el 26 de junio por Naciones Unidas.

El sacerdote y abogado cuestionó que las iniciativas para despenalizar la tenencia de drogas se fundamenten en interpretaciones “antojadizas” del artículo 19 de la Constitución Nacional, que se refiere a acciones privadas que “no perjudiquen a terceros”. “Estas personas que se involucran en una dependencia psi-trópica que puede hacer estragos, ¿no perjudican a terceros?, hablando de la inseguridad. ¿No perjudican a terceros? pensando en los padres y madres que no saben qué hacer con estos chicos”, se preguntó.

El presbítero Ramljak explicó que “la ley vigente penaliza la tenencia con fines de comercialización, no la tenencia para fines de consumo personal, que es otra cosa”, y precisó que “para lo cual la ley tiene previsto medidas de ‘seguridad curativa’ y de ‘seguridad educativa’ que apuntan a la resolución del caso”.

“Esto (la despenalización) que están queriendo promover desde algunos sectores del Estado, sepan que ya los vivimos en los barrios del conurbano (bonaerense) y es un infierno las consecuencias que trae. Porque muchas veces no hay ningún tipo de control. Es la realidad de todos los días. No sé por qué quieren inventar algo nuevo”, se quejó el presbítero García Cuerva.

El sacerdote manifestó que estas cuestiones no se tocan en la campaña porque “es un problema mucho mayor. Tiene que ver con la educación, con un modelo social, con la exclusión, con un proyecto de país, con la falta de sueños, y esto no se resuelve de un día para el otro, por eso quizás no es interesante para la campaña”.

Otras voces

También participaron de la rueda de prensa, la doctora Raquel Bolton, Horacio Reyser y el doctor Heriberto Pérez, integrantes de la Comisión Nacional de Pastoral de Adiciones, que forma parte de la Comisión Episcopal de Pastoral Social.

La doctora Raquel Bolton puso de relieve que “nos estamos acostumbrando al paisaje urbano de ver a los chicos tirados por la calle. La propuesta es sensibilizar y crear conciencia; y para eso hacemos encuentros de formación y educación”.

El coordinador de la Comisión, Horacio Reyser, destacó que “a los chicos más chicos, en edad de jardín de infantes, hay que enseñarles valores, no hablarles de drogas, que distingan lo bueno de lo malo. Que la droga es mala. Primero se da la educación y después la prevención”. Luego se refirió a una verdadera preocupación que tiene la Iglesia: los lugares de internación. Y afirmó que “la Iglesia está desarrollando sus propios centros de atención, aunque por supuesto, no alcanzan”.

En tanto, el doctor Heriberto Pérez expresó que “hay presiones sociales que tienden hacia un permisivismo del consumo de drogas que nosotros consideramos verdaderamente trágico. Antonio María Costa —Subsecretario General y Director Ejecutivo de la Oficina contra las Drogas y el Delito de la ONU — dijo que el problema mundial de la droga ha sido contenido pero no solucionado. La Iglesia hace suyo este tema y ve esta lucha no contra la oferta sino contra la demanda de estupefacientes”.

Informes: Informes: reddevida.org@gmail.com o en la página de Internet www.reddevida.org

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Agenda de Nuestro Obispo para Junio

Viernes 26

19:00 Santa Misa en la Iglesia Catedral con ocasión de la memoria litúrgica de San Josemaría Escrivá

Sábado 27

19:00 Santa Misa – Confirmaciones en la Parroquia Ntra. Sra. de Luján – Batán

Lunes 29

19:00 Solemnidad de San Pedro y San Pablo, Misa presidida por el Cardenal Estanislao Karlic

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Visita del Cardenal Estanislao Karlic a Mar del Plata

Nuestra Diócesis tendrá el honor de recibir la visita de Su Eminencia Estanislao Esteban cardenal Karlic, en el marco de la Clausura del Año Paulino y del Día del Papa. Por estos motivos presidirá la santa misa y realizará una conferencia, que a continuación detallamos.

Lunes 29

19hs Santa Misa en la Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo presidida por S. Em. Estanislao E. cardenal Karlic, en la Iglesia Catedral

Martes 30

19:30 hs. Presentación del Coro Capilla Vocal de los Santo Pedro y Cecilia - Director Pbro. Mariano Vaccaro

Aula Cardenal Pironio - CEDIER

20:00 hs. Conferencia abierta del Cardenal Estanislao Karlic "Benedicto XVI: su pensamiento y pontificado"

Aula Cardenal Pironio - CEDIER

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VIVIR EN DEMOCRACIA

El próximo domingo 28 de junio se celebrarán en nuestro país los comicios legislativos de mitad de mandato.

En los mismos elegiremos a los concejales, senadores provinciales y diputados nacionales que nos representarán en los próximos cuatro años.

Porque queremos vivir en una democracia mejor cada día es que convocamos a todos nuestros hermanos en la fe a ejercer en plenitud el derecho-deber del voto consciente y responsable.

Es bueno informarse detalladamente, evaluar propuestas y analizar trayectorias para seleccionar adecuadamente a nuestros mandantes. La luz de la oración iluminará nuestro discernimiento.

También será conveniente comprometerse efectivamente en todas las tareas que contribuyan a dotar al comicio de una credibilidad y una transparencia sin mácula, desempeñando con probidad y compromiso las funciones a las que hemos sido convocados o aquellas que voluntariamente hemos asumido.

Siempre con la convicción de que la democracia no se agota en el sólo acto del voto sino que se plenifica todo el tiempo con el puntual cumplimiento de nuestros deberes y la exigencia responsable de nuestros derechos y con el afán de hacer para todos, comenzando por los más humildes, un país más justo y felíz.

Con la esperanza puesta en la mirada protectora de María de Luján y de Jesucristo Señor de la Historia.

Comisión Diocesana de Pastoral Social

Diócesis de Mar del Plata

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Campaña “Nuestra elección es solidaria”

El Obispado de Mar del Plata, informa a toda la comunidad que apoya la Campaña “Nuestra Elección es la Solidaridad” que está siendo promovida por el Instituto de Políticas de Estado para el Desarrollo Sustentable (Asociación civil sin fines de lucro).

La campaña consiste en el establecimiento de puestos fijos el 28 de junio, en cada uno de los centros de votación, claramente identificados con esta propuesta. De esta manera la población podrán acompañar su compromiso democrático con un gesto de solidaridad, aportando un alimento no perecedero destinado a la realización de un programa de ayuda alimentaria que esta institución posee.


Curso de Capacitación Docente – Uso adecuado de la voz

CAPACITACIÓN SOBRE:

“USO ADECUADO DE LA VOZ”

La misma estará a cargo de profesionales fonoaudiólogos y foniatras de CONSOLIDAR ART.

Destinatarios: Personal directivo y docente de las instituciones educativas privadas de la ciudad de Mar del Plata (estén cubiertos o no por CONSOLIDAR ART).

Finalidad: Dar una adecuada formación sobre el uso adecuado de la voz, dando cumplimiento a las normas sobre prevención que surgen de la Ley de Riesgos del Trabajo.

Duración aproximada: 1,30 hs.

Lugares y fechas de realización:

Mar del Plata: Martes 30 de junio de 2009 - 18,30 hs. - Colegio Jesús Obrero - H

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